sábado, diciembre 16, 2006

Melancolía, relación con la muerte y el discurso


Trato ahora de la relación que el melancólico establece con
«la muerte» y «el discurso»...

Es curiosa la relación que el melancólico establece con la muerte, por un lado, coquetea con ella, la blande irónicamente con la finalidad de mostrar su lejanía respecto al mundo, para mostrar lo absurdo de la existencia, por otro lado, en el fondo, no puede evitar que le aterrorice en la medida que supone la ruptura definitiva con su interioridad emotiva. No obstante, ese coqueteo con la muerte se revela sumamente peligroso a partir del momento en que las pasiones internas del sujeto se hacen cada vez más insufribles. Quizá Werther, el famoso personaje romántico creado por Goethe, pueda considerarse como caso paradigmático en la modernidad de individuo atravesado por la melancolía. Werther, como es sabido, se sume en su interioridad emotiva alejándose paulatinamente de un mundo que le niega la posibilidad de realizar su gran amor. La consecuencia de esa tensión entre interioridad y mundo será traumática, alimentará un dolor interior que ya sólo podrá evitarse mediante el suicidio. Werther preferirá la muerte al desgarro interior de una vida sin su amada lo que, a su vez, a ojos del romántico, no deja de ser una evidencia más que constata la infinitud de su amor.

No es raro, por tanto, que el melancólico suela tener una predisposición a sublimar lo poético, lo emocional, lo pasional, a difuminar el mundo en lo arbitrario de su sentir, en lo caótico e indeterminado de una subjetividad pasiva. Así pues, la melancolía lleva, por un lado, a un hablar por hablar, a un discurso escindido de las determinaciones propias del significante, pero, por otro lado, a su vez, paradójicamente, es un abrirse a la vida misma en el sentido nietzscheano del término, es un tocar lo real sin mediación simbólica o metafísica alguna. Luego, en relación al discurso y su orden, el melancólico, como es de suponer, no se va a regir por la gramática discursiva, va a ser un tono disonante en el marco de la melodía discursiva, aparece como un loco por su desapego respecto al universo simbólico dominante. No obstante, dicha locura no debe entenderse como expresión de una propuesta discursiva alternativa, como proyecto revolucionario.

4 comentarios:

ana dijo...

cómo le llamaría freud al melancólico de hipócrates? neurótico? histérico?

Edmundo V dijo...

Pues no lo sé.

Ender el Xenocida dijo...

Considero que el melancólico, debido a ese distanciamiento con la vida, accede a un nivel de conocimiento diferente. Su percepción del mundo cambia y las relaciones simbólicas que genera para explicar dicho mundo se enriquecen de maneras inesperadas. Creo que esto explica la relación entre melancolía e hipersensibilidad,con la creatividad. No en vano grandes genios del arte y la ciencia han sido melancólicos crónicos, y en muchos casos, depresivos suicidas.

Edmundo V dijo...

Curiosamente comentaba este tema ayer con un compañero de la universidad. Me explicaba que Ortega y Gasset no consideraba que el estado de enamoramiento constituyera un aumento de "ceguera" sino otra perspectiva, suponía otra mirada, otra forma de aproximarse a la persona amada e, incluso, otra manera de relacionarse con el mundo.

Tú sugieres lo mismo pero con la melancolía. Puede verse así. Posiblemente he hecho un cuadro de la melancolía demasiado drástico, esto es, la he pensado en el punto límite mismo en que el sujeto deja de ser un ser-en-el-mundo, en el punto en que sujeto y objeto están completamente escindidos. Quizá sería mejor haber partido de otro enfoque, a saber, tratar no tanto de la melancolía en sentido absoluto idealista sino de esa tendencia a la melancolía que todos experimentamos en alguna que otra ocasión.

De todas formas seguiré publicando paulatinamente los otros apartados acerca de este tema que ya tengo escritos.

Saludos !