Reflexión inspirada en una conversación nocturna con Maribel, un chica especial como ninguna, una mujer que es poesía hecha vida.Quizá nadie ha tematizado ni tematizará jamás una sublimación del cuerpo vía el amor platónico como Pedro Salinas (1891-1951) en su obra
La voz a ti debida. Además, el estilo poético de Salinas en esta obra es irrepetible, se lleva a cabo una conjunción, inigualable por su belleza, de sencillez y concepto. Si se me permite el atrevimiento -un tanto pedante y más metafórico que otra cosa- diría a este respecto que Pedro Salinas es la contrafigura de un Hegel para el que concepto y sencillez parecen irreconciliables.
En
La voz a ti debida el mundo, así como el sentido de la vida, se pliegan a la relación entre un amante y una amada que permanecen anónimos, sin nombre, que son sólo pronombres,
tú y yo.
Salinas piensa a la amada, a pesar de su carácter corpóreo, como si de la reificación platónica de lo bello se tratase, esto es, como a la idea de Bien que Platón ubica en el vértice de su jerarquía ontológica y cuya luz es condición de posibilidad de la existencia misma de todo aquello que deviene, de todo aquello que sentimos a través de nuestros sentidos. Tú -¡sí , tú!- si eres bueno aquí en el mundo del devenir, en la tierra, es porque participas de la idea lo bueno que permanece en el más allá, en el ámbito de lo inteligible, de lo eidético. Tú -¡sí , tú!- si eres un hombre concreto aquí es porque participas del hombre eidético situado más allá del mundo de la generación y la corrupción, la vida y la muerte, y, además, dicha participación únicamente se hace posible a través de la luz que desprende esa idea de Bien situada en la cúspide del ser. Así pues, si la idea platónica de Bien queda reemplazada por la amada entonces nuestro mundo, nuestra vida, sólo es posible por efecto de su luz, de sus palabras, de sus gestos...
«Afán»
para no separarme
de ti, por tu belleza.
...
«Mañana». La palabra
iba suelta, vacante,
ingrávida, en el aire,
tan sin alma y sin cuerpo,
tan sin color ni beso,
que la dejé pasar
por mi lado, en mi hoy.
Pero de pronto tú,
dijiste: «Yo, mañana...»
Y todo se pobló
de carne y de banderas.
...
Es más, en línea con la tradición órfico-pitagórica, para Platón la Idea de Bien sólo puede contemplarse a través del pensamiento, jamás por la vía del cuerpo pues los sentidos inducen a engaño. Así, en consonancia con esta posición, para el poeta madrileño de la generación del 27, la amada sólo puede ser contemplada al margen de los sentidos, más allá de la carne, de la corporeidad, únicamente a través de uno de esos estados de éxtasis que alcanza Socrátes en
El Banquete y que son «como un morir», como un abandonar el cuerpo.
...
También detrás, más atrás
de mí te busco. No eres
lo que yo siento de ti.
No eres
lo que me está palpitando
con sangre mía en las venas,
sin ser yo.
Detrás, más allá te busco.
Por encontrarte, dejar
de vivir en ti, en mí,
y en los otros.
Vivir ya detrás de todo,
al otro lado de todo
-por encontrarte-
como si fuese morir.
Asimismo, la Idea de Bien al estar situada fuera del mundo material del devenir, de la generación y la corrupción, de lo abocado a la muerte, es eterna luego la amada consigue escapar al devenir, permanece igualmente eterna, incólume, por ella no pasa el tiempo, en la medida que queda impresa en el alma del amante que sabe verla más allá de sus ojos, sentirla más allá de su piel, en una palabra, percibirla en un plano diferente al material, al corpóreo.
...
Y mientras siguen
dando vueltas y vueltas, entregándose,
engañándose,
tus rostros, tus caprichos y tus besos,
tus delicias volubles, tus contactos
rápidos con el mundo,
haber llegado yo
al centro puro, inmóvil, de ti misma,
y verte cómo cambias,
-y lo llamas vivir-
en todo, en todo si,
menos en mí, dónde te sobrevives.
Finalmente, comento brevemente aquí mi poema favorito de
La voz a ti debida. Este poema, titulado
¡Gran víspera del mundo!, seguramente inspirado en
El Timeo de Platón, eleva a la amada a la categoría de modelo, de paradigma platónico. Para Platón el paradigma es lo que da forma, estructura, da significado al espacio, al recipiente, al mero significante, a la «jora». Por tanto, antes de que el espacio sea estructurado según el modelo, esto es según la amada para Pedro Salinas, no hay nada, permanece lo indistinto, lo indiferenciable, lo indiscernible, luego las palabras carecen de significado, los verbos de acciones, no hay un subir y un descender, no hay lugar alguno, ni materia ni astros, ni siglos. Pero llega la víspera y la amada exclama: ¡Aquí! Esta exclamación metafórica utilizada por el autor del poema invita a pensar en el carácter deíctico y copulativo del ser. Es como si Pedro Salinas quisiera expresar que es ella, la amada, la que hace del lugar de las cosas y del significado de las palabras una realidad. Pero si esta idea ya es de por sí preciosa, lo que resulta apasionante es el final del poema donde el poeta madrileño adopta una posición filosófica transgresora,
sui generis, que yo denominaría como «hedonismo platónico». En ese final acontece que el cuerpo con su dolor, la carne con sus besos, cual «jora» dispuesta a ser estructurada por la amada, por el modelo, espera su elevación por efecto de un simple ¡Ya!. En mi modesta opinión, Salinas intenta soslayar la típica oposición entre materialismo epicúreo e idealismo platónico proponiendo una sublimación de la carne, de nosotros mismos en tanto que seres sintientes, emocionales, sujetos de pasión, sangre, por la vía del amor platónico. La propuesta de Salinas, por tanto, invita a entender el amor como un éxtasis socrático, como un misticismo, que ensalce y engrandezca esa condición que nos es característica, la de ser cuerpo, carne, sangre.
¡Qué gran víspera el mundo!
No había nada hecho.
Ni materia, ni números,
ni astros, ni siglos, nada.
El carbón no era negro
ni la rosa era tierna.
Nada era nada, aún.
¡Qué inocencia creer
que fue el pasado de otros
y en otro tiempo, ya
irrevocable, siempre!
No, el pasado era nuestro:
no tenía ni nombre.
Podíamos llamarlo
a nuestro gusto: estrella,
colibrí, teorema,
en vez de así, “pasado”;
quitarle su veneno.
Un gran viento soplaba
hacia nosotros minas,
continentes, motores.
¿Minas de qué? Vacías.
Estaban aguardando
nuestro primer deseo,
para ser en seguida
de cobre, de Amapolas.
Las ciudades, los puertos
flotaban sobre el mundo,
sin sitio todavía:
esperaban que tú
les dijeses: “Aquí”,
para lanzar los barcos,
las máquinas, las fiestas.
Máquinas impacientes
de sin destino, aún;
porque harían la luz
si tú se lo mandabas,
o las noches de otoño
si la querías tú.
Los verbos, indecisos,
te miraban los ojos
como los perros fieles,
trémulos. Tu mandato
iba a marcarles ya
sus rumbos, sus acciones.
¿Subir? Se estremecía
su energía ignorante.
¿Sería ir hacia arriba
“subir”? ¿E ir hacia dónde
sería “descender”?
Con mensajes a antípodas,
a luceros, tu orden
iba a darles conciencia
súbita de su ser,
de volar o arrastrase.
El gran mundo vacío,
sin empleo, delante
de ti estaba: su impulso
se lo darías tú.
Y junto a ti, vacante,
Por nacer, anheloso,
Con los con los ojos cerrados,
Preparado ya el cuerpo
Para el dolor y el beso,
con la sangre en su sitio,
yo, esperando
¡ ay, si no me mirabas !
a que tú me quisieses
y me dijeras: “Ya”.