jueves, agosto 17, 2006

La necesidad de un ateísmo activo


Hay dos maneras de entender el ateísmo: una versión restringida y otro enfoque que tiene un sentido más amplio. La primera versión de ateísmo es la simple negación de la idea de Dios como concepto para pensar la realidad, la segunda es la negativa a toda metafísica, el rechazo a la reificación de los conceptos. Esta segunda opción contiene la primera como caso particular y es la que nos interesa.

Ahora bien, ¿cómo entendemos el espíritu antimetafísico del que hablamos? Afirmar que no hay metafísica es equivalente a pensar que la realidad lejos de estar acabada es, por el contrario, producto y que, además, ésta no se caracteriza por determinadas esencias últimas. Por tanto, se desprende de esta hermenéutica la imposibilidad del lenguaje para aprehender lo real en la medida que es movimiento, realidad dialéctica en sentido radical, y carece de esencias últimas acabadas cuyos significados puedan ser abarcados por conjunto alguno de conceptos. En consecuencia, este ateísmo implica un cierto nominalismo, adoptar como posición filosófica la existencia de un abismo infranqueable entre las palabras y las cosas, entre el lenguaje (nuestra razón) y la realidad.

La tragedia deviene cuando se abandona este nominalismo, esto es, cuando los productos de la razón, los conceptos, se cosifican, se confunden con la realidad misma. Cuando esto ocurre sucumbimos prisioneros sin remedio de una imagen, quedamos atrapados en la melancolía y, por tanto, nuestro pensamiento queda paralizado. Ilustremos esto con Feuerbach, el deconstructor de la idea de Dios. Para Feuerbach no es Dios el que ha hecho al hombre a su imagen y semejanza sino que, por el contrario, es el hombre el que ha proyectado sus esencias invertidas en la idea de Dios. Si nosotros somos finitos entonces Dios es infinito, si no podemos estar en todos sitios Dios es ubicuo, si somos mortales Dios es inmortal, si nuestro poder es limitado Dios es todopoderoso, etc. No obstante, el hombre ha creído que una idea, la idea de Dios, era una realidad trascendente, con existencia propia e independiente más allá de su pensamiento, que lo determinaba y a la cuál se debe con fe y devoción. El hombre queda así esclavizado a un concepto construido por el mismo, prisionero irremediablemente a un producto de su propia imaginación.



Hoy lejos de la secularización que pronosticara Nietzsche con su célebre exclamación ¡Dios ha muerto!, esta reificación de las ideas en general y de Dios en particular está muy al orden del día. Sólo cabe citar la emergente industria de horóscopos, cartas de Tarot, curanderos, salvaciones milagrosas, dietas instantáneas, programas sobre cuestiones paranormales, etc. que embrutecen la mente de millones de personas sumergiendo su pensamiento en un mundo mágico y de supersticiones. Podemos también citar otro ejemplo más sutil, no tan “evidente” pero mucho más extendido. Tiene hoy más vigencia que nunca la deconstrucción de Marx acerca del fetiche de la mercancía y el dinero. Hoy, nunca como antes, se atribuye al significante “dinero” un significado casi divino, se le rinde mayor culto que a cualquiera de las figuras de las tres religiones monoteístas. ¡El dinero todo lo puede!, estamos cansados de escuchar. ¡Todo tiene un precio!, que es lo mismo que decir, ¡todo puede comprarse si se tiene dinero!, luego todo es susceptible de convertirse en mercancía. Estas expresiones tan comunes evidencian un grado de enajenación terrible, sacan a la luz del día algo perverso, esto es, que la existencia de millones de personas transcurre en un mundo fantasmagórico, ideológico -dicho en un sentido peyorativo-. Lamentablemente, son tiempos en los que escasea el sentido de realidad. La reivindicación del ateísmo hoy es una toma de posición sin ambigüedades contra esta tendencia a lo sobrenatural, los hechizos y las supercherías. El ateísmo reclama un uso de las ideas para dar luz y no para someternos en la oscuridad de religiones u otras concepciones basadas en la superstición y escatologías de diversas índole (infiernos, castigos divinos, destinos prefijados, mitos asociados al consumo, etc.). El ateísmo conlleva un uso de la razón para la emancipación del pensamiento respecto a metafísicas escatológicas.

1 comentario:

Edmundo V dijo...

Muchas gracias por su tiempo...

Sólo quiero alertarle de que parte de una premisa que no expresa el texto, o al menos no es esa mi intención.

Cuando se habla de la existencia de un hiato entre las palabras y las cosas, no quiere decir que no haya conocimiento. Simplemente se expresa que lo concreto no puede aprehenderse en su totalidad por lo abstracto.

Considero que cierto nominalismo es insoslayable en la medida que todo concepto implica un grado de generalización que abre cierta brecha entre el plano de lo abstracto y el plano de lo concreto.

Es más, si por el contrario defendemos la identidad entre el plano de lo abstracto y el plano de lo concreto, de lo real, uno se encuentra de lleno, sin darse cuenta, en el idealismo que la escolástica medieval atribuyó a Platón.

De hecho cuando se identifican ambos planos considero que se hace un flaco favor a la ciencia en particular y al pensamiento en general. Es más... qué sentido tendría entonces seguir investigando para el científico... qué sentido tendría seguir pensando si nuestros conceptos ya abarcasen lo real...

Y no sólo esto, identificados ambos planos se incurre en un dogmatismo y una pedantería cuya consecuencia inmediata es empezar a encender hogeras para quemar a "locos" como Giordano Bruno, eso sí, con la lengua bien atada a un palo para que no hablen. ¿Quienes matan a la razón, al lenguaje, quienes no quieren que fluyan las palabras?

En mi modesta opinión, siguiendo a Marx, considero que la terrenalidad, el valor de conocimiento, de todo aparato conceptual viene avalado por un criterio pragmático, Tesis II de Feuerbach (si no recuerdo mal). En esta tesis se establece la práctica como criterio para hacerse una idea de la distancia entre los planos antes indicados y, por tanto, para determinar, el valor de conocimiento de todo pensamiento.

En resumen, una cosa es reconocer el valor de conocimiento de un aparato conceptual y otra cosa muy distinta es que a este aparato lo constituyamos en metafísica.